Hace poco asistí a una charla organizada por la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes titulada “Berni: Juanito, Ramona y los monstruos”. Entre las muchas ideas que aparecieron aquella tarde, hubo una que se quedó conmigo: la capacidad de Antonio Berni para observar las periferias de su tiempo y convertirlas en protagonistas de su obra.

Salí de la charla pensando en Juanito Laguna, en Ramona Montiel y, especialmente, en los materiales con los que Berni construía sus mundos. Quizás porque paso buena parte de mis días hablando, trabajando y pensando alrededor de la inteligencia artificial, terminé haciendo una conexión que inicialmente puede parecer extraña: si Berni estuviera vivo en 2026, ¿dónde encontraría las periferias de nuestra sociedad? ¿Quién sería hoy Juanito Laguna?

Las cosas que habitan la periferia

Juanito nace en la periferia. No llega allí después de perder un trabajo, atravesar una crisis o ser expulsado de algún otro lugar. Su realidad está condicionada desde el comienzo por una estructura social que lo precede y por el lugar que ocupa dentro de ella.

Esto me hizo recordar algunas ideas de sociología que alguna vez estudié y volver sobre una pregunta que no pretendo responder desde la historia del arte: ¿qué conciencia tiene alguien de la periferia cuando nació dentro de ella? ¿Percibe que está en los márgenes o simplemente entiende que el mundo funciona así? Quizás lo interesante de la periferia sea precisamente eso: vista desde el centro parece excepcional; vivida desde adentro puede convertirse simplemente en realidad.

Berni encontró una manera extraordinaria de representar ese mundo porque no se limitó a pintar a Juanito. Incorporó a sus obras chapas, cartones, maderas, latas, telas, piezas industriales y objetos encontrados en los márgenes de la ciudad. Los residuos dejaban de ser solamente el escenario del personaje y pasaban a formar físicamente parte de él. Aquello que la sociedad industrial había producido, utilizado y descartado reaparecía dentro de la obra para contar la historia de quienes también habitaban sus márgenes.

Ramona Montiel amplía esa mirada. Su historia es diferente de la de Juanito y también lo es la forma de marginalidad que representa. Juntos permiten pensar que Berni no observaba solamente la pobreza económica, sino también las contradicciones de una sociedad moderna que prometía progreso mientras producía sus propias periferias.

De ahí surgió una expresión que quedó dando vueltas en mi cabeza: las cosas que habitan la periferia. Personas, objetos, materiales, conocimientos, trabajos y formas de vida que, en determinado momento, una sociedad comienza a considerar prescindibles.

La pregunta inevitable fue qué cosas estamos empezando a enviar nosotros hacia nuestras propias periferias.

¿Quién sería Juanito en 2026?

La respuesta más inmediata sería imaginar a una persona excluida de la inteligencia artificial. Y seguramente allí exista una de las grandes desigualdades de los próximos años: mientras algunas personas y organizaciones tengan acceso a sistemas capaces de multiplicar enormemente sus capacidades, otras quedarán fuera de ellos.

Sin embargo, creo que existe una periferia menos evidente y, quizás por eso, más inquietante. El Juanito contemporáneo podría tener computadora, teléfono, estudios y empleo. Podría utilizar inteligencia artificial todos los días y trabajar en una organización completamente integrada a la transformación tecnológica. Desde afuera no habría ninguna señal de exclusión. Incluso podría ser considerado un caso exitoso de adaptación.

Y aun así podría estar desplazándose lentamente hacia la periferia.

Pensando en eso apareció otro personaje: el Trabajador Dormido.

No es alguien que perdió su empleo ni alguien que fue reemplazado por una inteligencia artificial. Es una persona que trabaja, tiene reuniones, contesta correos, prepara presentaciones, analiza información, persigue objetivos y obtiene resultados. Vive dentro de la vorágine cotidiana del cumplir y, además, cada vez dispone de mejores herramientas para hacerlo.

La inteligencia artificial le permite redactar en minutos aquello que antes requería una hora, resumir documentos que antes debía leer completamente, analizar grandes cantidades de información, preparar presentaciones, investigar temas y automatizar tareas que durante años formaron parte de su trabajo. Desde cualquier indicador tradicional, es un trabajador cada vez más productivo.

Pero acá aparece una pregunta que últimamente me hago a mí mismo: ¿ser más productivo significa necesariamente estar creciendo?

Puedo producir más textos mientras ejercito menos mi escritura. Puedo acceder a análisis cada vez más sofisticados mientras delego progresivamente parte de mi capacidad de analizar. Puedo tener prácticamente todo el conocimiento humano disponible a una pregunta de distancia y, paradójicamente, dedicar cada vez menos tiempo a adquirir conocimiento propio.

Es posible que nunca hayamos tenido tantas respuestas a nuestro alcance y que, al mismo tiempo, exista el riesgo de perder lentamente el hábito de construir nuestras propias preguntas.

Entonces la inquietud cambia. Ya no se trata solamente de preguntarnos si una inteligencia artificial podría reemplazarnos. La pregunta es si podemos seguir trabajando, obteniendo buenos resultados y aumentando nuestra productividad mientras, sin advertirlo, dejamos de desarrollar algunas de las capacidades que determinarán nuestro valor en el futuro.

El desplazamiento silencioso

Cuando hablamos del impacto de la inteligencia artificial sobre el trabajo solemos imaginar acontecimientos visibles. Una profesión desaparece, una tarea se automatiza o alguien pierde su empleo. Existe un antes y un después fácilmente identificable.

Pero quizás una parte importante de esta transformación ocurra de otra manera. El trabajador puede continuar trabajando, cobrando su salario, cumpliendo objetivos e incluso recibiendo mejores evaluaciones de desempeño mientras las condiciones que determinan el valor de aquello que hace cambian silenciosamente a su alrededor.

Un conocimiento que durante años lo diferenció puede volverse accesible instantáneamente. Una capacidad que requirió mucho tiempo para desarrollarse puede transformarse en una funcionalidad de software. Una tarea intelectual que justificaba parte de su posición puede convertirse en una instrucción para un agente.

No existe un momento preciso en el que alguien recibe una notificación diciendo que acaba de ingresar a la periferia del sistema productivo. El desplazamiento puede ser mucho más silencioso. Y la vorágine cotidiana del cumplir quizás sea justamente aquello que dificulta percibirlo.

Ahí es donde el concepto del Trabajador Dormido adquiere para mí otro significado. No duerme solamente porque está cansado por el trabajo. Duerme porque el mundo está cambiando mientras él continúa ejecutando.

La referencia a Juanito dormido deja entonces de ser únicamente visual. El sueño puede convertirse en una metáfora de nuestra propia relación con esta transformación: podemos estar profundamente integrados al presente y, al mismo tiempo, no advertir hacia dónde se está moviendo el centro. Como diríamos en náutica, nos estamos yendo de ronza: seguimos avanzando, pero nos desplazamos lateralmente sin advertir cuánto nos estamos alejando del rumbo.

Los descartes de la sociedad inteligente

Si imagináramos a Berni construyendo al Trabajador Dormido con los materiales de nuestra época, probablemente encontraríamos teclados rotos, teléfonos obsoletos, credenciales corporativas, currículums impresos, diplomas, certificados de capacitación, libros, organigramas, cables y viejos dispositivos electrónicos.

Sin embargo, creo que los descartes verdaderamente interesantes serían imposibles de pegar sobre una tela. Serían los conocimientos que dejamos de adquirir, las capacidades que dejamos de ejercitar, la curiosidad que dejamos de alimentar y el tiempo que dejamos de dedicar a aprender porque estamos demasiado ocupados produciendo.

La sociedad industrial que observó Berni descartaba objetos. La sociedad inteligente podría empezar a descartar capacidades humanas.

Eso no significa que la respuesta sea rechazar la inteligencia artificial. Creo exactamente lo contrario. Si estas herramientas pueden asumir una parte creciente de nuestra ejecución cotidiana, quizás nos estén dando una oportunidad extraordinaria para preguntarnos qué queremos hacer con aquello que liberan.

Y aquello que liberan, antes que nada, es tiempo.

¿A quién pertenece el tiempo que libera la IA?

Imaginemos una tarea que antes requería cuatro horas y que ahora, gracias a la inteligencia artificial, puede resolverse en una. Acaban de aparecer tres horas de capacidad humana que antes estaban destinadas a ejecutar esa tarea.

Nuestra reacción casi automática es devolver esas horas al sistema productivo. Si podemos hacer cuatro informes donde antes hacíamos uno, hacemos cuatro. Si podemos responder el doble de mensajes, respondemos el doble. Si una presentación requiere veinte minutos en lugar de dos horas, utilizamos el resto del tiempo para preparar otra.

Así, una tecnología que promete liberarnos de parte de la ejecución puede terminar simplemente permitiéndonos ejecutar mucho más.

Pero no es la única posibilidad.

¿Qué ocurriría si una parte de ese tiempo recuperado se destinara deliberadamente a desarrollar aquello que las máquinas todavía necesitan de nosotros? Aprender, estudiar, investigar, experimentar, conversar, construir criterio, conectar disciplinas y comprender problemas para los cuales todavía no existe una respuesta evidente.

La pregunta deja entonces de ser exclusivamente individual y pasa a ser también organizacional. Si la inteligencia artificial genera enormes ganancias de productividad, ¿deberían las empresas convertir cada una de ellas en más producción o podrían reinvertir una parte en desarrollar el capital intelectual de las personas que las componen?

Organizaciones lideradas por personas y ejecutadas por agentes

Creo que estamos avanzando hacia organizaciones donde una parte cada vez mayor de la ejecución podrá ser realizada por agentes de inteligencia artificial. Si eso ocurre, el valor de las personas no debería estar en competir con ellos en capacidad de ejecución, sino en aquello que hacemos con el tiempo y las capacidades que nos devuelven.

Imagino organizaciones cada vez más lideradas por personas y ejecutadas por agentes. Organizaciones que necesitarán personas capaces de pensar, desarrollar criterio, conectar conocimientos, cuestionar respuestas y decidir qué problemas vale la pena resolver antes de pedirle a una máquina que los resuelva.

Por eso, si la IA devuelve tiempo a las empresas, quizás una parte de ese tiempo debería reinvertirse en desarrollar el capital intelectual de quienes las integran. Aprender no debería ser aquello que hacemos cuando termina el “trabajo verdadero”. En una organización donde las máquinas ejecutan cada vez más, aprender también debería ser parte del trabajo.

Despertar al Trabajador Dormido

Por eso ya no me interesa tanto terminar esta reflexión intentando predecir cuántos trabajos reemplazará la inteligencia artificial. Hay suficientes predicciones sobre eso.

Me interesa una pregunta mucho más cercana: ¿qué vamos a hacer con el tiempo que nos devuelve?

Podemos utilizar máquinas extraordinariamente inteligentes para aumentar indefinidamente nuestra capacidad de ejecución. Podemos llenar cada minuto recuperado con una nueva tarea y convertir cada aumento de productividad en una nueva exigencia de productividad.

O podemos cuestionar esa lógica.

El Papa Francisco repetía una expresión que quedó asociada a su manera de interpelar a los jóvenes: “Hagan lío”. Quizás hacer un poco de lío en la era de la inteligencia artificial consista también en negarnos a aceptar que cada minuto liberado por una máquina tenga que convertirse automáticamente en otro minuto de ejecución.

Usemos la inteligencia artificial. Dejemos que haga aquello que puede hacer mejor, más rápido o más eficientemente que nosotros. Pero apropiémonos de una parte del tiempo que nos devuelve para leer, estudiar, investigar, crear, discutir y aprender algo que no necesariamente necesitemos para la reunión de mañana.

Y pidamos lo mismo a nuestras organizaciones. Que no todo aumento de productividad tenga que convertirse necesariamente en más producción. Que una parte pueda convertirse en mejores profesionales, mejores líderes y, sobre todo, en personas con mayor capacidad para pensar.

Porque quizás la verdadera frontera de la inteligencia artificial no termine separando a quienes utilizan estas herramientas de quienes no las utilizan. Quizás termine separando a quienes las utilizaron para pensar más de quienes las utilizaron solamente para hacer más.

Berni encontró a Juanito y a Ramona en las periferias de su tiempo y construyó parte de su obra utilizando aquello que aquella sociedad había descartado. Todavía no sabemos qué cosas terminarán habitando las periferias de la nuestra.

Pero quizás todavía estemos a tiempo de evitar que entre ellas termine nuestra propia capacidad de pensar.

Que los agentes ejecuten y que las personas piensen, aprendan, creen y lideren.

Que el Trabajador Dormido despierte.

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